martes, junio 10, 2008

Cuevas-vivienda y “cueveros” en Moral de Calatrava (Ciudad Real), 1957 (Resumen)













REVISTA BIBLIOGRÁFICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES (Serie documental de Geo Crítica) Universidad de Barcelona ISSN: 1138-9796. Depósito Legal: B. 21.742-98 Vol. XIII, nº 771, 5 de enero de 2008




Cuevas-vivienda y “cueveros” en Moral de Calatrava (Ciudad Real), 1957 (Resumen)
En 1957, el mismo año en que se creó en España el Ministerio de la Vivienda, seguía siendo difícil para muchos el acceder a una vivienda digna. En Moral de Calatrava (Ciudad Real), las cuevas-vivienda intentaron ser una pobre alternativa a la falta de casas y a la crisis habitacional a pesar del rechazo a este sistema marginal por parte del Estado y de los demás poderes públicos de la Dictadura.


Luis Arias González (Doctor en Historia, investigador)Juan José Andrés Matías (profesor de Enseñanza Secundaria, investigador)


Actualmente, las cuevas-vivienda constituyen en España un patrimonio arquitectónico muy apreciado por su originalidad y por los beneficios económicos que producen tanto su rehabilitación en sí como su, cada vez mayor, explotación y reconversión en alojamientos turísticos. La mayoría de ellas, restauradas convenientemente, ofrecen ahora en distintos puntos de Canarias, Andalucía, Levante, Aragón, Navarra, Castilla y León, Madrid y Castilla-La Mancha, todo tipo de comodidades que las han transformado en la imagen floreciente –y muy rentable- de un sistema hostelero alternativo que aúna la calidad más moderna con los aspectos ecológicos de moda –“construcción bioclimática”- y la pervivencia, a la vez, de una pintoresca tradición constructiva. Desde hace unas tres décadas, la alta consideración alcanzada por la cueva-vivienda ha puesto en marcha un peculiar proceso de “gentrificación”, es decir, que son ahora las clases sociales más altas quienes han revalorizado y transformado en lugares “chic”, zonas anteriormente sumidas en la depresión y el abandono. Pero, al margen de estos nuevos usos habitacionales privados, constatamos un renovado interés entre los mismos poderes públicos por sumarse a esta recuperación arquitectónica y cultural. Sin embargo, hasta los años 70, las casas troglodíticas eran consideradas en nuestro país un foco de poblamiento marginal y un sinónimo inequívoco de “subvivienda” o de infravivienda de la más baja estofa. Sus mismos ocupantes, las autoridades políticas del momento y el grupo de arquitectos y demás expertos en el tema de la habitación popular, coincidían al verter sobre ellas una inequívoca consideración peyorativa y despreciativa. Debemos señalar que muy pocos veían, por aquel entonces, las indudables ventajas de las cuevas-vivienda que ahora en tanto se estiman; asuntos como el ahorro energético y la isotermia que procuran sus paredes a lo largo del año al mantener temperaturas medias de entre 15º y 19ºC a una profundidad de 1’5 o 2 metros. Otras aportaciones interesantes son la baratura de la edificación y conservación posterior y las facilidades para la autoconstrucción, etc., pero todas ellas apenas provocaban a lo sumo unos muy tímidos y contadísimos elogios por parte de una minoría[1]. Por eso, cuando en 1957, el alcalde de Moral de Calatrava, D. Elías Coll Nieto[2] decidió acabar con el enclave de cuevas-vivienda establecidas en su municipio, no hacía otra cosa que incorporarse a una tendencia generalizada que se estaba aplicando ya en el resto de España[3] y de la cual este enclave sólo constituyó un eslabón más, aunque los avatares de tal iniciativa y sus desiguales resultados pueden considerarse como paradigma y reflejo, a la vez, de todo este complejo proceso histórico que imbrica el estudio de este singular modelo de vivienda con lo que podríamos denominar “la vida cotidiana” o “la mentalidad colectiva” de toda una localidad.
No debería obviarse que una casa es mucho más que un mero amasijo de materiales o de formas constructivas, puesto que la vivienda condiciona nuestra propia vida a la vez que la exterioriza y, por eso, quisiéramos que estas páginas fueran un homenaje a todos los habitantes que pasaron por las cuevas y un recordatorio generalizado para que tal situación de precariedad y marginación no vuelva a repetirse jamás.
A mediados del siglo pasado, Moral de Calatrava, englobada en el partido judicial de Valdepeñas, provincia de Ciudad Real, era una población en pleno crecimiento, con un total de 8.129 habitantes[4]. Había conseguido alcanzar –paralelamente con Valdepeñas-, la categoría de ciudad sesenta años antes en 1895, durante la regencia de Dª María Cristina, madre de Alfonso XIII, usando para ello como argumento justificativo el gran desarrollo económico y poblacional logrado por la localidad. Los pilares de este esplendor eran, en primer lugar, una agricultura floreciente de viñedos, olivos, tierras de pan llevar y huertas abastecidas por pozos que más tarde serían regadas -tras la Guerra Civil- por el canal del río Jabalón con sus dos embalses de Marisánchez-La Cabezuela y el de Vega del Jabalón. Estas obras de ingeniería, englobadas en el ámbito de la confederación hidrográfica del Guadiana proporcionaron agua a más de 1.000 hectáreas y extendieron la electrificación por toda la zona. Pero el cambio de siglo había traído, además, la proliferación de pequeñas y medianas industrias relacionadas con el sector alimenticio y con el agropecuario; destacaban, muy especialmente, las bodegas vitivinícolas y las almazaras de aceite cuyo incremento y mecanización incipiente fueron potenciados por los altos precios que alcanzaron ambos productos durante todos estos años (Sánchez Sánchez, 1986). El tercer hecho decisivo, sin lugar a dudas, fue la construcción del trazado ferroviario de vía estrecha que unía Valdepeñas con Puertollano y que se conoció popularmente como el “trenillo” (figura 1). En 1890 se autorizó a Pedro Ortiz de Zárate la construcción de un ferrocarril entre Valdepeñas y La Calzada de Calatrava, con un ancho de 750 milímetros, en lugar del ancho métrico -1.000 mm.- más habitual de esta modalidad; siendo inaugurado el día 22 de diciembre de 1893 para luego prolongarse hasta Puertollano en 1903, completándose los 76 kilómetros finales utilizados especialmente para transportar la producción de vino, aceite y cereal de la finca de “Montanchuelos” –propiedad personal del mencionado Ortiz de Zárate- y de otras grandes explotaciones similares en las que los raíles entraban hasta las mismas bodegas; por el contrario, el tráfico de viajeros no superó en ningún año los 80.000 efectivos. A partir de 1919, su rentabilidad cayó progresivamente hasta que llegó el cierre definitivo en 1963, coincidiendo de forma harto sintomática con el propio abandono de nuestras cuevas.


para más información, visita: http://www.ub.es/geocrit/b3w-771.htm